jueves, 3 de febrero de 2011

José Emilio Pacheco, su obra reciente y el Premio Cervantes



Muy premiada la obra de José Emilio Pacheco con merecimiento probado. Hoy, muchos amigos suyos -orgullosos- compartimos la alegría de sus reconocimientos, porque también nos sentimos reconocidos. Y en resumen, es la literatura mexicana, la que también recibe tan preciados laureles, como él mismo lo mencionó en las primeras entrevistas al darse la noticia. El Premio Cervantes esta vez ha premiado a un autor tan querido como leído. Con ello, el autor, está doblemente premiado, porque su nueva popularidad le dará más lectores. Y ese -de verdad aunque sea un lugar común- es el mayor premio para un poeta.
Para muchos, es sumamente familiar la obra de Pacheco desde hace ya bastante tiempo y sobrarían los elogios, que en los últimos meses ha recibido con verdadero fervor, hasta por aquellos que apenas comenzarán a leerlo motivados por el prestigiado premio, y claro por los jóvenes que se descubren en esos perennes espejos de El principio del placer, Batallas en el desierto, El tiempo distante, entre otras narraciones que tratan la infancia y adolescencia como pocas obras en la literatura mexicana y que seguirán conmoviendo a las generaciones que vienen (yo no creo que la literatura se vea desplazada por la fiebre de la cibernética y demás monstruos tecnológicos que más bien deberían estar al servicio de las letras y no al revés). La narrativa de José Emilio Pacheco, tiene la gracia  del arte, que es conservado por los tiempos.
Dueño de una obra vigorosa y viva, José Emilio ha explorado por distintos rumbos la escritura y con destreza en los diversos géneros, nos ha entregado un valioso patrimonio. Su obra ha sido una brújula para las generaciones posteriores de escritores mexicanos; entiendo que también para los nacidos en los setentas y ochentas. José Emilio -quien además ha convivido con mi generación (nacidos en los cincuenta)- se convirtió en un diáfano ejemplo para nuestro oficio. Nos hemos nutrido de tan poderoso ejemplo del polígrafo.
El efecto que la obra de Pacheco ha tenido en las posteriores generaciones de poetas y escritores, quizás no se ha estudiado, pero ha sido de un gran efecto. Aunque no es un reclamo para que se estudie y se analice en las aulas, simplemente hago mención de este juego de herencias, porque poco se ha estudiado la influencia especifica de la poesía mexicana, posterior a las resonancias de la obra de José Emilio, y nos hemos dejado llevar por el espejismo de las influencias de Paz y Sabines que han tenido más fama. Y aquí quiero señalara que la fama de un poeta suele hacerlo inmune y perfecto. Y la poesía no debe ser artilugio para las pasarelas del éxito y la fama. La poesía debe ser un instrumento necesario para vivir frente a este caos, que los poderosos se empeñan en nublarlo ante nuestros ojos, utilizando estos juegos de luces, estrellas, fama, famosos y paisajes de confort por cualquier lado que se mire, hasta querer hacernos creer que fuera de ese territorio, todo lo demás no existe. Sin embargo, esa manera de mirar el mundo con la estatura natural de las cosas, está presente –de manera central- en la obra del autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo.
En la obra reciente de José Emilio Pacheco, La edad de las tinieblas y Como la lluvia (ERA 2009), precisamente, aborda esta inmensa novedad en la vida contemporánea; las nuevas costumbres urbanas, el paso del tiempo, la visión de futuro, la muerte, la devastación de mundo y la nueva mirada de los hombres ante el presagio de nuestro destino y otras aristas de nuestro tiempo,  en los que la vida sigue encaminando sus pasos a la dependencia del efímero significado de las cosas fútiles. Pacheco trata con persuasión y con incandescente ironía, la pérdida de memoria de un mundo que se empeña en ser moderno y mantener en el olvido lo que lo sustenta. En no darle importancia a nada que no proceda de la inmediatez, lo fugaz, lo que dura menos, lo que pasa rápido, lo que se acaba pronto, lo que se desecha con facilidad y sin conciencia y todo aquello que es hoy la nueva divinidad en el nuevo siglo sumergido en un piélago de signos que ya no nos representan. La desdicha, la decepción, la amargura que se vive en las ciudades devastadas por el progreso, también son blanco en la observación del poeta.
Encuentro en estos poemas de las dos colecciones, un renovado pesimismo y paradójicamente veo la esperanza que da la sabiduría, porque cuando la verdad, por aniquiladora que sea, se nos presenta con la transparencia necesaria para hacerse visible, se convierte en esperanza única del que quiere saber y conocer el mundo en que vive. El poeta parece decir: de acuerdo, aquí tengo enfrente al mundo, pero en él hay que vivir, con la diferencia que ya he descubierto sus dos caras y he aprendido. Lo conozco. José Emilio lo sabe, bien lo sabe y en su discurso, lo lamenta, pero ya no es nuevo, ni le causa sorpresa como en otros momentos de su obra, donde encontramos poemas de alta sabiduría y vaticinios que hoy se han cumplido. Con él, hoy lo sabemos y nos damos cuenta que las cosas no tuvieron remedio y debemos vivir y convivir en esos renglones del desamparo humano.
Las recientes piezas poéticas de su obra, contienen aquella misma mordacidad que conocemos de Pacheco y la misma agudeza para descubrir las relaciones imperceptibles entre las cosas del mundo. Por eso es que sus descubrimientos, siguen asombrándonos y en el asombro, revelan un saber nuevo. Pacheco en sus poemas en prosa –La edad de las tinieblas- logra escarbar y hallar tesoros en las cosas más simples y sencillas, hasta hacernos comprender la complejidad que vive en nuestra relación cotidiana con un jabón de baño por ejemplo, o lo que no logramos ver en la calle; los versos que la habitan y viajan entre nosotros en los vagones del metro a pregonar su mercancía entre la hostilidad, el desprecio o por lo menos la indiferencia de los pasajeros. La poesía de José Emilio, homenajea aquellas cosas del mundo destinadas al terrenal uso, a la sencilla utilización, a lo que se pensaría indigno de ser motivo del canto humano. Y aquí está la gracia de la poesía de este hombre de letras y de mordaz imaginación. Así podemos enumerar incontables ejemplos y particularidades en la poesía de Pacheco donde lo extraordinario, se inaugura al final en un sistema de inteligencia y lógica, que no imaginábamos.
La lectura de estos dos volúmenes recientes del autor de Morirás lejos, me devuelve una fina crudeza de nuestro presente, bajo los ojos de un hombre que advierte el espectro –para muchos oculto- de la realidad.
Su poesía, desde el inicial libro Los elementos de la noche publicado en 1963, hasta La arena errante (1999) y Fin de siglo (2000), ha sido construida con las piedras del que sabe. Con ese barro que sólo en pocos hombres se puede ver y oír la música de la sabiduría. El verso sencillo, la metáfora nacida de un fuerte choque de iguales, allá en la realidad como dos guijarros exactos que en el río se encuentran y se estrellan contra la verdad para revelarla en su único sonido posible: la poesía.
En estos dos volúmenes recientes de su poesía, el poeta se pregunta por las novedades escalofriantes de nuestro tiempo. Preguntas que persisten también desde sus primeros libros. Vivimos un tiempo rápido y con la nueva creencia de la inmediatez. Las cosas hoy pasan de prisa y se disuelven en un basurero que es un destino insustituible en la vida de las cosas del hombre.
En La edad de las tinieblas y Como la lluvia, hallé una poesía –sobra decir madura- que abunda con puntería de aguja, sobre este fenómeno de la percepción del tiempo y la vida de las cosas (porque es la poesía el único territorio donde puede afirmarse que las cosas tienen vida). Pacheco se acerca con la mirada y el tacto de un cazador y descubre a través de un fino cristal, las novedades en los acontecimientos que sólo en este presente pueden ocurrir. Observa con amplitud las nuevas costumbres que se inclinan de sobremanera al comercio y no a la preservación de los valores de la vida humana. Pero hay un rasgo nuevo en esa misma mirada: el pesimismo del poeta, no va hacia la irresoluble oscuridad y los callejones sin salida, sino a una esperanza que alivia al que descubre aquella perla con la que vencerá el misterio. Eso me parece un rasgo de alivio, porque como lo cree Claudio Rodríguez, la verdad, aunque sea a veces inmunda, es la verdad y siempre nos aliviará y nos fulminará a un tiempo, pero la hecatombe que la verdad promueve, siempre es bien recibida en la sencilla vida de los hombres justos que aprecian la verdad. Y José Emilio Pacheco, vuelve de manera sumamente inteligente –como es su poesía- a entregarnos una prueba que la verdad es posible, aunque no queramos levantar una piedra porque se cree que habrá un alacrán.
José Emilio en cada poema nos entrega una piedra que ha levantado sin miedo alguno y han aparecido aves y alacranes por igual. (NC)

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