Muy premiada
la obra de José Emilio Pacheco con merecimiento probado. Hoy, muchos amigos
suyos -orgullosos- compartimos la alegría de sus reconocimientos, porque también
nos sentimos reconocidos. Y en resumen, es la literatura mexicana, la que
también recibe tan preciados laureles, como él mismo lo mencionó en las
primeras entrevistas al darse la noticia. El Premio Cervantes esta vez ha
premiado a un autor tan querido como leído. Con ello, el autor, está doblemente
premiado, porque su nueva popularidad le dará más lectores. Y ese -de verdad
aunque sea un lugar común- es el mayor premio para un poeta.
Para muchos, es sumamente familiar la obra de
Pacheco desde hace ya bastante tiempo y sobrarían los elogios, que en los
últimos meses ha recibido con verdadero fervor, hasta por aquellos que apenas
comenzarán a leerlo motivados por el prestigiado premio, y claro por los
jóvenes que se descubren en esos perennes espejos de El principio del placer, Batallas
en el desierto, El tiempo distante, entre
otras narraciones que tratan la
infancia y adolescencia como pocas obras en la literatura mexicana y que
seguirán conmoviendo a las generaciones que vienen (yo no creo que la
literatura se vea desplazada por la fiebre de la cibernética y demás monstruos
tecnológicos que más bien deberían estar al servicio de las letras y no al
revés). La narrativa de José Emilio Pacheco, tiene la gracia del arte, que es conservado por los tiempos.
Dueño de una obra vigorosa y viva, José
Emilio ha explorado por distintos rumbos la escritura y con destreza en los
diversos géneros, nos ha entregado un valioso patrimonio. Su obra ha sido una brújula
para las generaciones posteriores de escritores mexicanos; entiendo que también
para los nacidos en los setentas y ochentas. José Emilio -quien además ha
convivido con mi generación (nacidos en los cincuenta)- se convirtió en un
diáfano ejemplo para nuestro oficio. Nos hemos nutrido de tan poderoso ejemplo
del polígrafo.
El efecto que la obra de Pacheco ha tenido en
las posteriores generaciones de poetas y escritores, quizás no se ha estudiado,
pero ha sido de un gran efecto. Aunque no es un reclamo para que se estudie y
se analice en las aulas, simplemente hago mención de este juego de herencias,
porque poco se ha estudiado la influencia especifica de la poesía mexicana,
posterior a las resonancias de la obra de José Emilio, y nos hemos dejado
llevar por el espejismo de las influencias de Paz y Sabines que han tenido más
fama. Y aquí quiero señalara que la fama de un poeta suele hacerlo inmune y
perfecto. Y la poesía no debe ser artilugio para las pasarelas del éxito y la
fama. La poesía debe ser un instrumento necesario para vivir frente a este caos,
que los poderosos se empeñan en nublarlo ante nuestros ojos, utilizando estos
juegos de luces, estrellas, fama, famosos y paisajes de confort por cualquier
lado que se mire, hasta querer hacernos creer que fuera de ese territorio, todo
lo demás no existe. Sin embargo, esa manera de mirar el mundo con la estatura
natural de las cosas, está presente –de manera central- en la obra del autor de
No me preguntes cómo pasa el tiempo.
En la obra reciente de José Emilio Pacheco, La edad de las tinieblas y Como la lluvia (ERA 2009), precisamente,
aborda esta inmensa novedad en la vida contemporánea; las nuevas costumbres
urbanas, el paso del tiempo, la visión de futuro, la muerte, la devastación de
mundo y la nueva mirada de los hombres ante el presagio de nuestro destino y
otras aristas de nuestro tiempo, en los
que la vida sigue encaminando sus pasos a la dependencia del efímero
significado de las cosas fútiles. Pacheco trata con persuasión y con
incandescente ironía, la pérdida de memoria de un mundo que se empeña en ser moderno y mantener en el olvido lo que
lo sustenta. En no darle importancia a nada que no proceda de la inmediatez, lo
fugaz, lo que dura menos, lo que pasa rápido, lo que se acaba pronto, lo que se
desecha con facilidad y sin conciencia y todo aquello que es hoy la nueva
divinidad en el nuevo siglo sumergido en un piélago de signos que ya no nos
representan. La desdicha, la decepción, la amargura que se vive en las ciudades
devastadas por el progreso, también son blanco en la observación del poeta.
Encuentro en estos poemas de las dos
colecciones, un renovado pesimismo y paradójicamente veo la esperanza que da la
sabiduría, porque cuando la verdad, por aniquiladora que sea, se nos presenta
con la transparencia necesaria para hacerse visible, se convierte en esperanza
única del que quiere saber y conocer el mundo en que vive. El poeta parece
decir: de acuerdo, aquí tengo enfrente al
mundo, pero en él hay que vivir, con la diferencia que ya he descubierto sus
dos caras y he aprendido. Lo conozco. José Emilio lo sabe, bien lo sabe y
en su discurso, lo lamenta, pero ya no es nuevo, ni le causa sorpresa como en
otros momentos de su obra, donde encontramos poemas de alta sabiduría y
vaticinios que hoy se han cumplido. Con él, hoy lo sabemos y nos damos cuenta
que las cosas no tuvieron remedio y debemos vivir y convivir en esos renglones
del desamparo humano.
Las recientes piezas poéticas de su obra,
contienen aquella misma mordacidad que conocemos de Pacheco y la misma agudeza
para descubrir las relaciones imperceptibles entre las cosas del mundo. Por eso
es que sus descubrimientos, siguen asombrándonos y en el asombro, revelan un
saber nuevo. Pacheco en sus poemas en prosa –La edad de las tinieblas- logra escarbar y hallar tesoros en las
cosas más simples y sencillas, hasta hacernos comprender la complejidad que
vive en nuestra relación cotidiana con un jabón de baño por ejemplo, o lo que
no logramos ver en la calle; los versos que la habitan y viajan entre nosotros
en los vagones del metro a pregonar su
mercancía entre la hostilidad, el desprecio o por lo menos la indiferencia de
los pasajeros. La poesía de José Emilio, homenajea aquellas cosas del mundo
destinadas al terrenal uso, a la sencilla utilización, a lo que se pensaría
indigno de ser motivo del canto humano. Y aquí está la gracia de la poesía de
este hombre de letras y de mordaz imaginación. Así podemos enumerar incontables
ejemplos y particularidades en la poesía de Pacheco donde lo extraordinario, se
inaugura al final en un sistema de inteligencia y lógica, que no imaginábamos.
La lectura de estos dos volúmenes recientes
del autor de Morirás lejos, me
devuelve una fina crudeza de nuestro presente, bajo los ojos de un hombre que
advierte el espectro –para muchos oculto- de la realidad.
Su poesía, desde el inicial libro Los elementos de la noche publicado en
1963, hasta La arena errante (1999) y Fin de siglo (2000), ha sido construida
con las piedras del que sabe. Con ese
barro que sólo en pocos hombres se puede ver y oír la música de la sabiduría.
El verso sencillo, la metáfora nacida de un fuerte choque de iguales, allá en
la realidad como dos guijarros exactos que en el río se encuentran y se
estrellan contra la verdad para revelarla en su único sonido posible: la
poesía.
En estos dos volúmenes recientes de su poesía,
el poeta se pregunta por las novedades escalofriantes de nuestro tiempo. Preguntas
que persisten también desde sus primeros libros. Vivimos un tiempo rápido y con
la nueva creencia de la inmediatez. Las cosas hoy pasan de prisa y se disuelven
en un basurero que es un destino insustituible en la vida de las cosas del
hombre.
En La
edad de las tinieblas y Como la
lluvia, hallé una poesía –sobra decir madura- que abunda con puntería de aguja,
sobre este fenómeno de la percepción del tiempo y la vida de las cosas (porque es
la poesía el único territorio donde puede afirmarse que las cosas tienen vida).
Pacheco se acerca con la mirada y el tacto de un cazador y descubre a través de
un fino cristal, las novedades en los acontecimientos que sólo en este presente
pueden ocurrir. Observa con amplitud las nuevas costumbres que se inclinan de sobremanera
al comercio y no a la preservación de los valores de la vida humana. Pero hay
un rasgo nuevo en esa misma mirada: el pesimismo del poeta, no va hacia la
irresoluble oscuridad y los callejones sin salida, sino a una esperanza que
alivia al que descubre aquella perla con la que vencerá el misterio. Eso me
parece un rasgo de alivio, porque como lo cree Claudio Rodríguez, la verdad, aunque sea a veces inmunda, es la verdad
y siempre nos aliviará y nos fulminará a un tiempo, pero la hecatombe que la
verdad promueve, siempre es bien recibida en la sencilla vida de los hombres
justos que aprecian la verdad. Y José Emilio Pacheco, vuelve de manera
sumamente inteligente –como es su poesía- a entregarnos una prueba que la
verdad es posible, aunque no queramos levantar una piedra porque se cree que
habrá un alacrán.
José Emilio en cada poema nos entrega una
piedra que ha levantado sin miedo alguno y han aparecido aves y alacranes por
igual. (NC)
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