Publicado en La Jornada Semanal el día 14 de noviembre de 2010, No. 819
Alí Chumacero; la
herencia del poeta
Por: Neftalí
Coria
Cuando muere
un poeta, el mundo ha perdido una luz más. Ha muerto Alí Chumacero (Acaponeta,
Nay. 1918-2010) y la poesía mexicana pierde a un hombre luminoso, en este
momento que mucho nos falta la luz y lucidez de los hombres en este país en
quiebra humana y tempestades. Quedan sus palabras
y para nuestra fortuna, no precisamente en
reposo. Lector profundo de la música del alba y de los acantilados de la
sonoridad que va por la vida del poeta, como la misma sangre. Poeta del acierto
y la mejor armonía de cada verso que nos entregó en su breve legado. Versos
dueños de la exactitud, versos como el dardo que acierta y da en el blanco del
ojo que lo mira, fueron los poemas que escribió.
Queda su herencia y mucho es el patrimonio
que nos hereda en concisos poemas, en su testimonio como observador y crítico de
la literatura mexicana y el arte, en su reconocible trabajo editorial que mucho
se le debe agradecer, porque fue editor, corrector, redactor, figura central en
la historia del Fondo de Cultura Económica.
La obra poética de Alí Chumacero, es la
equivalente a la obra narrativa de Juan Rulfo. Breve y sustancial, impecable y
reveladora de una poética que ya es el rostro de la historia del siglo XX.
Hermosa y delirante como sabemos bien que es la savia del tiempo que a los dos
les tocó vivir. Su apego al mundo puede compararse, dado que la sensibilidad
tenía un mapa de exploración que les hace coincidir y en el que ambos mexicanos
nacidos en la misma región del país, pudieron construir su obra con ciertos
momentos en que tienen una evidente relación, además de ser obras breves ambas.
Muy poco se puede decir del poeta nayarita, además
de lo se sabe. Su generosidad con los jóvenes poetas y su paciencia para
conversar con los aprendices de la poesía. De un humor incontenible y de una
ingeniosa manera de reírse de la vida. Hugo Gutiérrez Vega, mientras lo
entrevistaban el día de la muerte de Alí, reclamaba que no hubiera cumplido su
promesa de vivir doscientos años y que aquél postrero día de su cumpleaños de
dos siglos, moriría a manos de un marido celoso. Ingenioso y mordaz, alegre lo
vimos conversar con un grupo de jóvenes en sus memorables visitas a la ciudad
de Morelia. Conversador incansable, lo recuerdo en el restaurante Las Mercedes
en una cena los días de su homenaje que en estas tierras le hiciéramos a
principios de los noventa. Una mesa alegre y rebosante de güisqui hasta
convertirnos en los últimos comensales aquella noche memorable.
La herencia de un poeta está en sus poemas
que le sobreviven, pero también en los momentos en los que éste permite a los
demás compartir los puntos de vista de la vida y abre las puertas para que
otros, puedan ser testigos de su dialogo con el mundo. Muchos de mi generación,
tuvimos la suerte y el privilegio de compartir la conversación y el humor
prodigioso de Alí, y allí está una herencia más que recibimos y debemos abonar
a su legado. La gratitud de muchos es grande con Alí Chumacero. Sus anécdotas,
su sabia alegría, su aguda mirada ante la poesía, son también parte de ese
legado que hemos de atesorar en su honor. Pero su verdadera herencia está en las
palabras que deja en las páginas de nuestra historia y que se quedan como música
en el aire del presente y siguen su marcha en este tiempo de augustas
tempestades.
La obra poética Alí Chumacero, breve como lo
es, tiene su mayor significado en el aliento poderosísimo y en la música
perfecta que su composición contiene. Me atrevo a decir que su poema Responso del peregrino, es uno de los
poemas dueño de la más hermosa musicalidad de la poesía mexicana, tan alto como
la mejor música del sonoro López Velarde. Marco Antonio Campos en su revisión
de este poema, así lo confirma.
Un poeta de pocos poemas tumultuosos, del más
alto sudor de la creación poética. La luz, hoy ha quedado huérfana sin Alí
Chumacero. (NC)

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