martes, 26 de octubre de 2010

Alí Chumacero; la herencia del poeta


Publicado en La Jornada Semanal el día 14 de noviembre de 2010, No. 819

Alí Chumacero; la herencia del poeta
Por: Neftalí Coria
Cuando muere un poeta, el mundo ha perdido una luz más. Ha muerto Alí Chumacero (Acaponeta, Nay. 1918-2010) y la poesía mexicana pierde a un hombre luminoso, en este momento que mucho nos falta la luz y lucidez de los hombres en este país en quiebra humana y tempestades. Quedan sus palabras y para nuestra fortuna, no precisamente en reposo. Lector profundo de la música del alba y de los acantilados de la sonoridad que va por la vida del poeta, como la misma sangre. Poeta del acierto y la mejor armonía de cada verso que nos entregó en su breve legado. Versos dueños de la exactitud, versos como el dardo que acierta y da en el blanco del ojo que lo mira, fueron los poemas que escribió.
Queda su herencia y mucho es el patrimonio que nos hereda en concisos poemas, en su testimonio como observador y crítico de la literatura mexicana y el arte, en su reconocible trabajo editorial que mucho se le debe agradecer, porque fue editor, corrector, redactor, figura central en la historia del Fondo de Cultura Económica.
La obra poética de Alí Chumacero, es la equivalente a la obra narrativa de Juan Rulfo. Breve y sustancial, impecable y reveladora de una poética que ya es el rostro de la historia del siglo XX. Hermosa y delirante como sabemos bien que es la savia del tiempo que a los dos les tocó vivir. Su apego al mundo puede compararse, dado que la sensibilidad tenía un mapa de exploración que les hace coincidir y en el que ambos mexicanos nacidos en la misma región del país, pudieron construir su obra con ciertos momentos en que tienen una evidente relación, además de ser obras breves ambas.
Muy poco se puede decir del poeta nayarita, además de lo se sabe. Su generosidad con los jóvenes poetas y su paciencia para conversar con los aprendices de la poesía. De un humor incontenible y de una ingeniosa manera de reírse de la vida. Hugo Gutiérrez Vega, mientras lo entrevistaban el día de la muerte de Alí, reclamaba que no hubiera cumplido su promesa de vivir doscientos años y que aquél postrero día de su cumpleaños de dos siglos, moriría a manos de un marido celoso. Ingenioso y mordaz, alegre lo vimos conversar con un grupo de jóvenes en sus memorables visitas a la ciudad de Morelia. Conversador incansable, lo recuerdo en el restaurante Las Mercedes en una cena los días de su homenaje que en estas tierras le hiciéramos a principios de los noventa. Una mesa alegre y rebosante de güisqui hasta convertirnos en los últimos comensales aquella noche memorable.
La herencia de un poeta está en sus poemas que le sobreviven, pero también en los momentos en los que éste permite a los demás compartir los puntos de vista de la vida y abre las puertas para que otros, puedan ser testigos de su dialogo con el mundo. Muchos de mi generación, tuvimos la suerte y el privilegio de compartir la conversación y el humor prodigioso de Alí, y allí está una herencia más que recibimos y debemos abonar a su legado. La gratitud de muchos es grande con Alí Chumacero. Sus anécdotas, su sabia alegría, su aguda mirada ante la poesía, son también parte de ese legado que hemos de atesorar en su honor. Pero su verdadera herencia está en las palabras que deja en las páginas de nuestra historia y que se quedan como música en el aire del presente y siguen su marcha en este tiempo de augustas tempestades.
La obra poética Alí Chumacero, breve como lo es, tiene su mayor significado en el aliento poderosísimo y en la música perfecta que su composición contiene. Me atrevo a decir que su poema Responso del peregrino, es uno de los poemas dueño de la más hermosa musicalidad de la poesía mexicana, tan alto como la mejor música del sonoro López Velarde. Marco Antonio Campos en su revisión de este poema, así lo confirma.
Un poeta de pocos poemas tumultuosos, del más alto sudor de la creación poética. La luz, hoy ha quedado huérfana sin Alí Chumacero. (NC)

jueves, 7 de octubre de 2010

El vuelo del pez







El vuelo del pez
La colección de los cinco poemas que configuran El vuelo del pez, fueron escritos a partir de cinco grabados de Mizraím Cárdenas. Con las diez piezas se hizo la serie que formara una carpeta que incluía ambos trabajos. Aquí, las cinco piezas de mi poesía. (NC)














1
(El Pozo)

El aire va en la escama del pez,
el agua es la promesa,
el pozo el país de su llegada.

La luz cruza una frontera de hilos sueltos,
una palabra llega y se regresa en los límites de significar,
la noche sigue siendo la misma sangre que llevamos puesta.

A puños llora el agua,
el anzuelo a solas recomienza el rumbo.

Hay otro pozo adentro del agua y allí,
la carnada es la vida misma:
un resplandor vencido.




















2
(La Alborada)

Vuela el pez,
lo veo alzar navegación
hacia las manos limpias del cielo.

Va el agua en los deseos,
su patria es también el otro aire.

Ama lo que ha muerto,
la noche en los ojos
es el único sueño que lleva puesto.

Se inclina ante la luz del oriente,
se oculta cuando oye el resplandor del alba,
quiere creer que es el mar en el recuerdo,
la luna estallando ante sus ojos,
pero es la alborada que desata el trueno
y el fulgor de todas las frugales ventanas del pasado.

Nada en los ojos, un destino de aguas estancadas al frente.






3
(El Vuelo)

Alas en el agua,
el agua en la respiración,
el aire en la ondulante palabra,
el viaje de la sangre,
la llegada de la inesperada luz.

Los ojos y el abrojo
el cielo que no espera,
las alas en el agua
la palabra mojada.

El agua curva nos habla.















4
(La Madrugada)

Un potro desfallece
y la lluvia deja su milagro
en las cortinas del alba.

Ladra en el agua la penumbra,
ciego animal que habita el viento.

Sigue en su vuelo el pez
y nada lo detiene.

La tormenta es una población revuelta,
                            una voz de muchos modos,
                            una flor desatada en las espinas,
                            un astro que agita al pez en vuelo.

La lluvia expande la luz del día recién nacido.











5
(El Destino)

Verticales van en vuelo,
y con la punta del sueño,
a la misma oscuridad vencieron.

Hacia ella van,
con ella suben al empíreo,
en sus pies ponen su única creencia.

No van hacia la nueva vida,
hacia la primigenia oscuridad dirigen vuelo.

No van de llegar,
pero lo saben.
Es lo alto, en el cielo de sus ojos, quien los llama,
luz de una tristeza nueva, lo que los espera.

La lejanía, el único destino.


martes, 5 de octubre de 2010

Dos poemas

Publicados en La Jornada Semanal; Domingo 3 de septiembre de 2006 Num: 600.

Epitafio para un Pájaro que tuvo por sepultura el mar
Quiéranme estas aguas que mucho conocí,
aguas mías que fueron el espejo de mis mejores días.
Nadie diga que el cielo fue mi cautiverio,
que las nubes fueron mi blanca cárcel,
que la luna mi sedentario secreto.

Que nadie diga que este país de la claridad
no fue mi patria, ni que confundan mi vuelo libre
con el de otros que, en plena desbandada, volaron alto.
Hoy me devoran las aguas que amé,
los peces que fueron mis enemigos íntimos
y la profundidad de la que siempre quise ser el único alimento.

Epitafio para un Coyote muy solitario, que no se arrepintió nunca
De ladrón siempre fui tildado,
del hurto me hicieron culpable cada día
de mi perseguida existencia.
Pero no, era la pasión por lo escondido,
por la noche selvática de olor a plumas.
Era la locura amorosa por las gallinas dormidas
y su escándalo de sangre ardiendo cuando
antes de comerlas, las llevé al íntimo escondite.
No robé, tomaba lo de nadie,
nunca fueron hurtos los que perpetraba,
sino justos reconocimientos a mi astucia.
Vi manjares pasar bajo la luna de
mi más incandescente saliva sin poder tocarlos
y lo que era peor, ajenos, muy ajenos.
A nadie pedí nada, nunca,
y nadie, nada me dio jamás.
Estoy a mano con el mundo,
este fuego que me quema, es la memoria,
los ojos míos que vieron el hurto humano muy de cerca.

Marin Sorescu: Descubrir el mundo

Publicado en La Jornada Semanal; Domimgo 8 de octubre de 2006, Num. 605


Me enteré muy tarde, pero hace algunos años murió Marin Sorescu, poeta rumano, querido amigo mío. Y ahora que lo sé, he vuelto a ver aquel dibujo que hizo de mi cara en su libretita de apuntes y que me obsequió. Era nervioso y grácil. Dibujaba en cuadernillos. Lo vi leer por vez primera en 1981, en el histórico Festival de Poesía que muchos le agradecemos a Cuauhtémoc Cárdenas. Descubrí por aquellos días su poesía inteligente, y desde entonces ha permanecido cercana y soluble en los aciagos días de mi vida. Inolvidables sus poemas inteligentes, sus poderosos versos en los que brillan, como dos piedras de luz, la sabiduría y la razón frente a las cosas simples del mundo. De poemas como "Shakespeare" difícilmente pude olvidarme, y muy bien ejemplifica la lúcida poesía que caracterizan a este espléndido poeta rumano nacido en Bulzesti, Rumania, el 19 de febrero de 1936:
Shakespeare hizo al mundo en siete días.
El primer día hizo el cielo, los montes y los abismos del alma.
El segundo hizo los ríos, los mares los océanos y demás sentimientos
y los encomendó a Hamlet, a Julio César, a Antonio, a Cleopatra y a Ofelia
a Otelo y a otros…
Puede advertirse en buena medida el ingenio exacto de Sorescu, el juego del símil sencillo que casi raya en el lugar común, pero que con el uso adecuado de la ironía, se cuela más allá de los peligros de la implacable fiera que es el lugar común:
El tercer día reunió a todos los hombres
y les enseñó los gustos:
el gusto de la felicidad, del amor, de la desesperanza,
el gusto de los celos, de la gloria y así por el estilo,
hasta terminar con todos los gustos...
Una de las raras joyas de la poesía del siglo xx, me parece este poema. Un poema sabio como los grandes poemas. Una síntesis de las cosas del mundo que al hombre siempre han preocupado para su comprensión, su posesión y para su entero dominio. Con gran ingenio y acierto, Sorescu en este poema retrata el mundo creado por una figura como deidad, que es nada menos que el poeta isabelino creador de una obra que lo dijo todo.
Su poesía concisa es un modo de exploración que mucho se nutre de la búsqueda natural a través de la inteligencia aguda y punzante que va por el mundo en los ojos de hombres altos como Borges, Juarroz, Gorostiza, Paz, Hamburguer, Porchia, por sólo mencionar algunos poetas que por esos rumbos frecuentaron la poesía. En el tejido de su escritura, Sorescu fue un maestro de las alusiones y la ironía, un extraordinario tallador de las escenas cómicas, pero duras y crueles de la vida.
En 1986, cuando visitó Morelia por segunda vez, leyó sus poemas en el teatro Ocampo. Marin pasó tres días en la ciudad. Inolvidables días. Le dediqué un poema después de que hablamos de la poesía y la memoria ("El pozo", se llama mi poema), aunque, caso curioso y muy común con los amigos, nunca Marin leyó aquel poema que escribí en su honor. Aquella noche de whisky decidimos que la poesía debía habitar el pensamiento, que el pensar del hombre también hace al poema, o quizás es pensando como se escribe; mentira el corazón, los sentimientos y demás animales blandos; la poesía es la única explicación del mundo, en fin, la poesía debe llegar a la página desde el acto de pensar, dijimos. Y Marin Sorescu es un poeta de esa familia de hombres que piensan igual que sienten, o quizás como en un solo acto, ambas capacidades lograron hacer que se escribiera su obra fresca y luminosa, porque también creo que la luz de la poesía sólo puede darse de esa manera: fusionándolo todo.
La poesía de Sorescu es también resultado del acto de lanzar un dardo desde la hondura donde se guarda la infancia y acertar con el vuelo al centro de la gracia y a la curiosidad con la que este poeta vivió, esa curiosidad de niño permanente que fue, es decir "la curiosidad de la paloma", como él mismo la llamó. Con ese antecedente, creo entonces que la poesía es una luz grácil que tiene la mirada de un hombre que parece ver el mundo por primera vez, y descubre en ello lo absurdo, lo caótico, lo dura que es la verdad para vencer a los hombres y "desarmar a los idiotas", porque a su mismo decir, "hay demasiada estupidez en el mundo y debe dársele una batalla lúdica".
Al enterarme de su muerte mucho tiempo después, me provoca un desasosiego, como si hubiera sido descortés con aquel querido amigo en el tiempo. Su muerte –y pude saber que fue un cáncer fulminante– me deja con la sensación de que ya dejamos algo pendiente para siempre. Su poesía, con la que desde aquellos años he mantenido un diálogo constante, sigue de pie en mi vida, porque la poesía que alguna vez se llega a amar, perdura; la poesía –y esta es la prueba fehaciente–, vive como un organismo vivo en un hombre que alguna vez mitigó la sed con ella; es como agua perenne que circula por la vida y, hasta me atrevo a decir, que va como un ser vivo por el cuerpo y alma de aquel que tuvo la suerte de haberla bebido un día, como quien absorbe un rayo de luz para iluminar el corazón. Así creo que está conmigo la poesía de mi atesorado amigo Marin Sorescu.
Como dije antes, escribí un poema después de aquella larga conversación sobre la memoria y la escritura de la poesía. "La memoria no es un pozo, es al revés", le dije antes de escribirlo, y él se reía de aquella imagen de un pozo invertido. Las cosas entran a lo que pensamos –creo– y el pensar sucede en un pozo, y cuando se recuerda las cosas saltan al aire; son una montaña de agua contra el aire, y allí vuela lo que se debe decir: el poema. Y nosotros debemos elegirlo, acomodarlo con los alfileres contra la página blanca para que se quede ante nuestros ojos y viaje en el aire del tiempo. Aquella idea Marín la celebraba porque se la expliqué con el dibujo de una fuente: el agua saltando, el aire, la poesía y mis líneas chuecas sobre su libretita de apuntes...
Saludo aquí al poeta magnifico que tan leído y querido fue en su patria. Hombre sencillo como los grandes; hombre de mirada limpia, poeta de claras palabras. (NC)