viernes, 4 de febrero de 2011

Samuel Beckett en el muelle


(En una de las cuatro entrevistas que Beckett le concedió a Charles Juliet, el autor de Esperando a godot, declara  casi a manera de confesión, como fue la manera que comenzó a escribir. En 1945, a su regreso a Irlanda para visitar a su madre que no veía desde antes de la guerra. En 1946, regresó de nuevo a visitarla. Esa segunda visita fue fundamental. Cuenta que una noche –como también lo refiere en La última cinta (De Krapp)- al final del muelle, de manera inolvidable, “todo se me aclaró”, dice.  En medio de una fuerte tempestad, se quedó en el muelle a enfrentarla hasta que ésta cesó. Cuando se marchó a su casa, escribió como presa de algo superior. El resultado fue Molloy, su primera novela. Mi poema quiere describir aquel momento, como un ligero homenaje. ) NC

                                               La escritura me ha llevado al silencio.                                                           
                                                               Samuel Beckett.

Veo a Samuel Beckett
frente a un muelle del Liffey.
Su cabeza de luz triste
relampaguea entre
los pájaros y la lluvia.

De pie contra la tormenta,
los ojos bien abiertos,
su mirada feroz descubre
una voz que va subiendo
por su sangre agitada.
Aquella voz tumultuosa,
tiembla como el agua de un río furioso.
No es suya, pero desde la noche de marzo,
y la pobreza del año cuarentaiséis, lo será.

26 de Agosto de 2008, Dublín, Ireland.




El Samuel Beckett, inmenso


Hablar de una figura inmensa de la literatura y el teatro de occidente, resulta ambicioso, y más si se trata de hacerlo ante lectores de habla española. Samuel Beckett es sin duda el más filoso y efectivo crítico de la realidad europea de la postguerra, aunque no debemos creer que su obra sólo se remita a este vigoroso desastre humano de la mitad del siglo XX. Beckett, es resultado de la guerra en su modelo de pensamiento, pero su poderosa obra salta estos límites históricos y desciende a las novedades del pensamiento dramático de la segunda mitad del siglo pasado. Con esta afirmación, quiero decir también, que Beckett, no solamente ha sido influyente en la literatura y el teatro, sino en las nuevas formas que la mirada del hombre del siglo XX ha adquirido. Sin embargo, específicamente en la literatura, la obra de Beckett se hará conocer de manera profunda y sintética, como si acudiéramos a mirar un manantial nuevo, en lo que al pensamiento crítico se refiere, lo los ojos descubrieran un modelo renovado de pensar.

Vayamos un poco a referentes de la vida de este autor, que pueden abrir un panorama por demás atractivo, de la vida del irlandés nacido en Dublín en 1906. Un hombre destinado a ser un testigo de su tiempo que descubrió la literatura de una forma sumamente poética. Contaré la anécdota poco conocida de Samuel Becket: En uno de sus regresos a Dublín, estaba frente al río Liffey y bajo una tormenta. Ante, esto se quedó inmóvil resistiendo aquella tempestad y aguanto todo el tiempo hasta que la lluvia y el ventarrón cesaron. Caminó a su casa y comenzó a escribir Molloy durante toda la noche. Ese día había descubierto que debía escribir para siempre, que aquella revelación de la tormenta, le habían dado su destino: escribir
Leí por primera vez una edición argentina que conservo, Esperando a Godot, en 1982. Desconcertado quise saber cuál era el tema de aquella extraña obra, y mis herramientas para descifrar el resto de los componentes de aquella pieza que me había inquietado tanto, correspondían a un estudiante de teatro de segundo año. No sepe que clase de rayo me había partido en dos, ni qué clase de estruendo era aquel que ya estaba viviendo en mi corazón. Con varias lecturas clásicas (Shakespeare, Racine, Molliere, Ibsen, matherlink, etc.) no podía entender todavía en la segunda lectura aquel aviso. Qué eras Godot, que pasa con esos dos desdichados que esperaban a alguien o algo, que hablaban de irse, y no se iban, y con Pozzo y Lucki, que animalesco evento era aquello que ocurría ante mis ojos. Era una broma, me estaba engañando, en fin. Nunca me hice tantas preguntas como aquellas, recordadas hoy tan nítidas. Fueron algunos años y mi insistencia en la lectura terca de este autor, con lo que el panorama se fue aclarando, y quizás la madurez que está por llegar, algún día me dará más claridad de esta obra que para mi vida se volvió fundamental, y pueda ser un más de sus sometidos directores de su obra.
He sido lector de Samuel Beckett en la mayor parte de su obra, y a eso se debe mi aprecio, mi admiración y mi apego a la sorprendente obra que no deja de lado ningún escollo de la vida ordinaria de su tiempo. Y sin que nadie resulte ofendido, fue –al lado de Eugene Ionesco- fundador del llamado, por las escuelas del teatro del siglo XX, “Teatro del Absurdo”, con ello descubrieron una verdad nueva y de alto filo. Beckett le enseñó al teatro a desnudar el alma de los personajes, e hizo con ellos lo que alguna vez Faulkner contaba como una receta para escribir una novela: “Reúna a personajes cualquiera y métalos a una tormenta, el resto es la historia”: Beckett abandona a sus personajes en las tormentas humanas más siniestras en las que se ven obligados a descarnar su lenguaje y a ir al fondo de esa angostura de las tormentas, y con ello avanzar hasta los límites imposibles de las condiciones humanas: el resultado absurdo de las cosas, lo irrisorio y cruel, lo sátiro de las cosas que viven como gusanos alimentando la realidad del poder y los desamparados por igual. Veo a Vladimir y Estragón, personajes de Esperando a Godot, en la espera que sintetiza la injusta y absurda espera de todos los hombres que tienen esperanza y sueños. Veo a los personajes preguntarse por el fin de la vida, por su infortunado y absurdo azaroso nacimiento, por los hombres y mujeres que van arrastrando el alma como un trapo viejo por las calles del siglo XX. Veo en esta obra –y especialmente en su teatro, la desgracia de las cosas del mundo, veo la desesperanza tan cierta, el desanimo, la frivolidad desquiciante, el sinsentido de las barajas que tenemos para seguir jugando este juego absurdo de los destinos de nuestro tiempo. Todo eso veo en la obra de Samuel Beckett y me atengo a a mi personal descubrimiento, aunque también advierto el absurdo, como un motor fundamental para que ese tropel de desdichados, sigan por su propia vida con los ojos abiertos y creyendo que el cielo los ampara, y alguien del otro lado de sus pasos los espera. Y aquí precisamente, la paradoja absurda de la vida, la verdadera encrucijada de aquellos a los que nos queda, aunque poca, alguna creencia por la vida y el destino que nos guía. Y me pregunto ¿Qué hacer después de comprender el discurso de Beckett? ¿Quedarnos aquí sentados discurriendo sobre este hombre supo también guardar silencio?  ¿Volver a creer en las culminaciones de los caminos, en los truncos caminos de la historia que somos? Eso no lo sé. Lo que sí me queda claro, es que antes de recobrar el optimismo por la vida, y luego de leer con ahínco desde hace al menos 20 años la obra becketiana, creo que debemos ser muy precavidos para dar el paso siguiente, porque también  me he dado cuenta en la gran interlínea de la obra de del autor de Molloy, que el abismo está cerca y es lo que sin duda, nos espera con los brazos abiertos.

La creatura, los ojos y las palabras


El ojo vuela y ve

1

Escribir en el caudal de la sangre, mirar hacia dentro lo escrito en la piel desfallecida.
Escribir lentamente, avioletar la sangre en la escritura, dejar el corazón como un prófugo en la llanura. Luego dibujar el llanto y la dicha, la pesadilla, la noche en la que vivimos inclinados.


2

Un ojo vuela y ve, otro salta hacia lo que no mira. En la luz, la tinta es el ojo, en la oscuridad, la mirada despierta que nadie advierte.

Un pincel tiene ojos y traza el cuchillo que ha de cortar el fuego.


3

Tiresias en la espuma, el pájaro de oscuridad construido, la muerte niña, la noche congelada en las venas, una lámpara roja que alumbra el humano rostro del que duerme.

Una voz palpitante, debajo de la lengua, aguarda en la sombra.


4

En las manos un pozo, en el pozo la humedad y lienzos limpios. El pintor ha pintado el aire de la muerte bajo una lámpara cenital.

La carne es brío.

Un conejo, un cerdo, un asno, un buey y las muchachas tristes de un otoño lejano, han nacido del oscuro manantial.


5

Lo que se ve, es lo que sube al ojo que vuela y ve. Lo visto, como bumerang, entra al ojo y se vuelve historia.
El ojo mira al ciego. Él sueña la noche y advierte lo que ha pasado por la noche lustrosa.

El ojo oye la luz cuando afila los cuchillos.




Fábula del conejo y el cuchillo

El cuchillo reconoce al conejo contra un hermoso muro. A mitad del sacrificio, se oye el galope de la sangre. El conejo muere tantas veces como se lo pida el cuchillo apincelado. Corre hacia la sangre que va en el ventarrón del viento y el cuchillo.
Muerto el conejo —perdóneme Monsieur Durero— no se acaba la velocidad en la pradera.
Matar al conejo no es quitar la vida, no señor Durero, no se preocupe. Matarlo ha sido solamente dejarlo desprovisto del tiempo y sin la piel que iluminara la geometría del cielo.

La inmolación también otorga nombre al cuerpo y a la quietud de la sangre. Morir sólo es esperar con los ojos cerrados, como guarda silencio la sangre. Y el conejo, Señor Rivera, solo cambia de nombre.




La sal del aire

La sal del aire, la silaba del dolor que hace la palabra con los ojos que lo vieron todo. La sal en las llamas de los ojos heridos, la sal para mirar el vidrio que ha de cortar la lengua.

Una señal de aves, un signo en el esqueleto de la suerte, un emblema en el fuego presente y la noche incendiada en el alcohol rutinario.

La sal y la herida, son un pájaro incandescente en el aire.




 La mancha y el sacrificio

Sacrificar la mancha de sangre, abrir una puerta en la piel para que entre y salga la palabra miedo.
Déjese usted Arturo de sueños, y vuelva a la pesadilla cruda donde el silencio es un
borbotón. Abra en canal a esa muchacha, corte transversal el amor que hemos perdido en su hermoso cuerpo, móntela en la puerca vida, móntela y póngale el nombre que merece, hágala su jineta, su loca mentira sobre este mundo.
Es la mentira, nosotros: instrumentos.
Es la mentira, nosotros: el dardo que acierta.






jueves, 3 de febrero de 2011

José Emilio Pacheco, su obra reciente y el Premio Cervantes



Muy premiada la obra de José Emilio Pacheco con merecimiento probado. Hoy, muchos amigos suyos -orgullosos- compartimos la alegría de sus reconocimientos, porque también nos sentimos reconocidos. Y en resumen, es la literatura mexicana, la que también recibe tan preciados laureles, como él mismo lo mencionó en las primeras entrevistas al darse la noticia. El Premio Cervantes esta vez ha premiado a un autor tan querido como leído. Con ello, el autor, está doblemente premiado, porque su nueva popularidad le dará más lectores. Y ese -de verdad aunque sea un lugar común- es el mayor premio para un poeta.
Para muchos, es sumamente familiar la obra de Pacheco desde hace ya bastante tiempo y sobrarían los elogios, que en los últimos meses ha recibido con verdadero fervor, hasta por aquellos que apenas comenzarán a leerlo motivados por el prestigiado premio, y claro por los jóvenes que se descubren en esos perennes espejos de El principio del placer, Batallas en el desierto, El tiempo distante, entre otras narraciones que tratan la infancia y adolescencia como pocas obras en la literatura mexicana y que seguirán conmoviendo a las generaciones que vienen (yo no creo que la literatura se vea desplazada por la fiebre de la cibernética y demás monstruos tecnológicos que más bien deberían estar al servicio de las letras y no al revés). La narrativa de José Emilio Pacheco, tiene la gracia  del arte, que es conservado por los tiempos.
Dueño de una obra vigorosa y viva, José Emilio ha explorado por distintos rumbos la escritura y con destreza en los diversos géneros, nos ha entregado un valioso patrimonio. Su obra ha sido una brújula para las generaciones posteriores de escritores mexicanos; entiendo que también para los nacidos en los setentas y ochentas. José Emilio -quien además ha convivido con mi generación (nacidos en los cincuenta)- se convirtió en un diáfano ejemplo para nuestro oficio. Nos hemos nutrido de tan poderoso ejemplo del polígrafo.
El efecto que la obra de Pacheco ha tenido en las posteriores generaciones de poetas y escritores, quizás no se ha estudiado, pero ha sido de un gran efecto. Aunque no es un reclamo para que se estudie y se analice en las aulas, simplemente hago mención de este juego de herencias, porque poco se ha estudiado la influencia especifica de la poesía mexicana, posterior a las resonancias de la obra de José Emilio, y nos hemos dejado llevar por el espejismo de las influencias de Paz y Sabines que han tenido más fama. Y aquí quiero señalara que la fama de un poeta suele hacerlo inmune y perfecto. Y la poesía no debe ser artilugio para las pasarelas del éxito y la fama. La poesía debe ser un instrumento necesario para vivir frente a este caos, que los poderosos se empeñan en nublarlo ante nuestros ojos, utilizando estos juegos de luces, estrellas, fama, famosos y paisajes de confort por cualquier lado que se mire, hasta querer hacernos creer que fuera de ese territorio, todo lo demás no existe. Sin embargo, esa manera de mirar el mundo con la estatura natural de las cosas, está presente –de manera central- en la obra del autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo.
En la obra reciente de José Emilio Pacheco, La edad de las tinieblas y Como la lluvia (ERA 2009), precisamente, aborda esta inmensa novedad en la vida contemporánea; las nuevas costumbres urbanas, el paso del tiempo, la visión de futuro, la muerte, la devastación de mundo y la nueva mirada de los hombres ante el presagio de nuestro destino y otras aristas de nuestro tiempo,  en los que la vida sigue encaminando sus pasos a la dependencia del efímero significado de las cosas fútiles. Pacheco trata con persuasión y con incandescente ironía, la pérdida de memoria de un mundo que se empeña en ser moderno y mantener en el olvido lo que lo sustenta. En no darle importancia a nada que no proceda de la inmediatez, lo fugaz, lo que dura menos, lo que pasa rápido, lo que se acaba pronto, lo que se desecha con facilidad y sin conciencia y todo aquello que es hoy la nueva divinidad en el nuevo siglo sumergido en un piélago de signos que ya no nos representan. La desdicha, la decepción, la amargura que se vive en las ciudades devastadas por el progreso, también son blanco en la observación del poeta.
Encuentro en estos poemas de las dos colecciones, un renovado pesimismo y paradójicamente veo la esperanza que da la sabiduría, porque cuando la verdad, por aniquiladora que sea, se nos presenta con la transparencia necesaria para hacerse visible, se convierte en esperanza única del que quiere saber y conocer el mundo en que vive. El poeta parece decir: de acuerdo, aquí tengo enfrente al mundo, pero en él hay que vivir, con la diferencia que ya he descubierto sus dos caras y he aprendido. Lo conozco. José Emilio lo sabe, bien lo sabe y en su discurso, lo lamenta, pero ya no es nuevo, ni le causa sorpresa como en otros momentos de su obra, donde encontramos poemas de alta sabiduría y vaticinios que hoy se han cumplido. Con él, hoy lo sabemos y nos damos cuenta que las cosas no tuvieron remedio y debemos vivir y convivir en esos renglones del desamparo humano.
Las recientes piezas poéticas de su obra, contienen aquella misma mordacidad que conocemos de Pacheco y la misma agudeza para descubrir las relaciones imperceptibles entre las cosas del mundo. Por eso es que sus descubrimientos, siguen asombrándonos y en el asombro, revelan un saber nuevo. Pacheco en sus poemas en prosa –La edad de las tinieblas- logra escarbar y hallar tesoros en las cosas más simples y sencillas, hasta hacernos comprender la complejidad que vive en nuestra relación cotidiana con un jabón de baño por ejemplo, o lo que no logramos ver en la calle; los versos que la habitan y viajan entre nosotros en los vagones del metro a pregonar su mercancía entre la hostilidad, el desprecio o por lo menos la indiferencia de los pasajeros. La poesía de José Emilio, homenajea aquellas cosas del mundo destinadas al terrenal uso, a la sencilla utilización, a lo que se pensaría indigno de ser motivo del canto humano. Y aquí está la gracia de la poesía de este hombre de letras y de mordaz imaginación. Así podemos enumerar incontables ejemplos y particularidades en la poesía de Pacheco donde lo extraordinario, se inaugura al final en un sistema de inteligencia y lógica, que no imaginábamos.
La lectura de estos dos volúmenes recientes del autor de Morirás lejos, me devuelve una fina crudeza de nuestro presente, bajo los ojos de un hombre que advierte el espectro –para muchos oculto- de la realidad.
Su poesía, desde el inicial libro Los elementos de la noche publicado en 1963, hasta La arena errante (1999) y Fin de siglo (2000), ha sido construida con las piedras del que sabe. Con ese barro que sólo en pocos hombres se puede ver y oír la música de la sabiduría. El verso sencillo, la metáfora nacida de un fuerte choque de iguales, allá en la realidad como dos guijarros exactos que en el río se encuentran y se estrellan contra la verdad para revelarla en su único sonido posible: la poesía.
En estos dos volúmenes recientes de su poesía, el poeta se pregunta por las novedades escalofriantes de nuestro tiempo. Preguntas que persisten también desde sus primeros libros. Vivimos un tiempo rápido y con la nueva creencia de la inmediatez. Las cosas hoy pasan de prisa y se disuelven en un basurero que es un destino insustituible en la vida de las cosas del hombre.
En La edad de las tinieblas y Como la lluvia, hallé una poesía –sobra decir madura- que abunda con puntería de aguja, sobre este fenómeno de la percepción del tiempo y la vida de las cosas (porque es la poesía el único territorio donde puede afirmarse que las cosas tienen vida). Pacheco se acerca con la mirada y el tacto de un cazador y descubre a través de un fino cristal, las novedades en los acontecimientos que sólo en este presente pueden ocurrir. Observa con amplitud las nuevas costumbres que se inclinan de sobremanera al comercio y no a la preservación de los valores de la vida humana. Pero hay un rasgo nuevo en esa misma mirada: el pesimismo del poeta, no va hacia la irresoluble oscuridad y los callejones sin salida, sino a una esperanza que alivia al que descubre aquella perla con la que vencerá el misterio. Eso me parece un rasgo de alivio, porque como lo cree Claudio Rodríguez, la verdad, aunque sea a veces inmunda, es la verdad y siempre nos aliviará y nos fulminará a un tiempo, pero la hecatombe que la verdad promueve, siempre es bien recibida en la sencilla vida de los hombres justos que aprecian la verdad. Y José Emilio Pacheco, vuelve de manera sumamente inteligente –como es su poesía- a entregarnos una prueba que la verdad es posible, aunque no queramos levantar una piedra porque se cree que habrá un alacrán.
José Emilio en cada poema nos entrega una piedra que ha levantado sin miedo alguno y han aparecido aves y alacranes por igual. (NC)