viernes, 4 de febrero de 2011

La creatura, los ojos y las palabras


El ojo vuela y ve

1

Escribir en el caudal de la sangre, mirar hacia dentro lo escrito en la piel desfallecida.
Escribir lentamente, avioletar la sangre en la escritura, dejar el corazón como un prófugo en la llanura. Luego dibujar el llanto y la dicha, la pesadilla, la noche en la que vivimos inclinados.


2

Un ojo vuela y ve, otro salta hacia lo que no mira. En la luz, la tinta es el ojo, en la oscuridad, la mirada despierta que nadie advierte.

Un pincel tiene ojos y traza el cuchillo que ha de cortar el fuego.


3

Tiresias en la espuma, el pájaro de oscuridad construido, la muerte niña, la noche congelada en las venas, una lámpara roja que alumbra el humano rostro del que duerme.

Una voz palpitante, debajo de la lengua, aguarda en la sombra.


4

En las manos un pozo, en el pozo la humedad y lienzos limpios. El pintor ha pintado el aire de la muerte bajo una lámpara cenital.

La carne es brío.

Un conejo, un cerdo, un asno, un buey y las muchachas tristes de un otoño lejano, han nacido del oscuro manantial.


5

Lo que se ve, es lo que sube al ojo que vuela y ve. Lo visto, como bumerang, entra al ojo y se vuelve historia.
El ojo mira al ciego. Él sueña la noche y advierte lo que ha pasado por la noche lustrosa.

El ojo oye la luz cuando afila los cuchillos.




Fábula del conejo y el cuchillo

El cuchillo reconoce al conejo contra un hermoso muro. A mitad del sacrificio, se oye el galope de la sangre. El conejo muere tantas veces como se lo pida el cuchillo apincelado. Corre hacia la sangre que va en el ventarrón del viento y el cuchillo.
Muerto el conejo —perdóneme Monsieur Durero— no se acaba la velocidad en la pradera.
Matar al conejo no es quitar la vida, no señor Durero, no se preocupe. Matarlo ha sido solamente dejarlo desprovisto del tiempo y sin la piel que iluminara la geometría del cielo.

La inmolación también otorga nombre al cuerpo y a la quietud de la sangre. Morir sólo es esperar con los ojos cerrados, como guarda silencio la sangre. Y el conejo, Señor Rivera, solo cambia de nombre.




La sal del aire

La sal del aire, la silaba del dolor que hace la palabra con los ojos que lo vieron todo. La sal en las llamas de los ojos heridos, la sal para mirar el vidrio que ha de cortar la lengua.

Una señal de aves, un signo en el esqueleto de la suerte, un emblema en el fuego presente y la noche incendiada en el alcohol rutinario.

La sal y la herida, son un pájaro incandescente en el aire.




 La mancha y el sacrificio

Sacrificar la mancha de sangre, abrir una puerta en la piel para que entre y salga la palabra miedo.
Déjese usted Arturo de sueños, y vuelva a la pesadilla cruda donde el silencio es un
borbotón. Abra en canal a esa muchacha, corte transversal el amor que hemos perdido en su hermoso cuerpo, móntela en la puerca vida, móntela y póngale el nombre que merece, hágala su jineta, su loca mentira sobre este mundo.
Es la mentira, nosotros: instrumentos.
Es la mentira, nosotros: el dardo que acierta.






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