viernes, 4 de febrero de 2011

El Samuel Beckett, inmenso


Hablar de una figura inmensa de la literatura y el teatro de occidente, resulta ambicioso, y más si se trata de hacerlo ante lectores de habla española. Samuel Beckett es sin duda el más filoso y efectivo crítico de la realidad europea de la postguerra, aunque no debemos creer que su obra sólo se remita a este vigoroso desastre humano de la mitad del siglo XX. Beckett, es resultado de la guerra en su modelo de pensamiento, pero su poderosa obra salta estos límites históricos y desciende a las novedades del pensamiento dramático de la segunda mitad del siglo pasado. Con esta afirmación, quiero decir también, que Beckett, no solamente ha sido influyente en la literatura y el teatro, sino en las nuevas formas que la mirada del hombre del siglo XX ha adquirido. Sin embargo, específicamente en la literatura, la obra de Beckett se hará conocer de manera profunda y sintética, como si acudiéramos a mirar un manantial nuevo, en lo que al pensamiento crítico se refiere, lo los ojos descubrieran un modelo renovado de pensar.

Vayamos un poco a referentes de la vida de este autor, que pueden abrir un panorama por demás atractivo, de la vida del irlandés nacido en Dublín en 1906. Un hombre destinado a ser un testigo de su tiempo que descubrió la literatura de una forma sumamente poética. Contaré la anécdota poco conocida de Samuel Becket: En uno de sus regresos a Dublín, estaba frente al río Liffey y bajo una tormenta. Ante, esto se quedó inmóvil resistiendo aquella tempestad y aguanto todo el tiempo hasta que la lluvia y el ventarrón cesaron. Caminó a su casa y comenzó a escribir Molloy durante toda la noche. Ese día había descubierto que debía escribir para siempre, que aquella revelación de la tormenta, le habían dado su destino: escribir
Leí por primera vez una edición argentina que conservo, Esperando a Godot, en 1982. Desconcertado quise saber cuál era el tema de aquella extraña obra, y mis herramientas para descifrar el resto de los componentes de aquella pieza que me había inquietado tanto, correspondían a un estudiante de teatro de segundo año. No sepe que clase de rayo me había partido en dos, ni qué clase de estruendo era aquel que ya estaba viviendo en mi corazón. Con varias lecturas clásicas (Shakespeare, Racine, Molliere, Ibsen, matherlink, etc.) no podía entender todavía en la segunda lectura aquel aviso. Qué eras Godot, que pasa con esos dos desdichados que esperaban a alguien o algo, que hablaban de irse, y no se iban, y con Pozzo y Lucki, que animalesco evento era aquello que ocurría ante mis ojos. Era una broma, me estaba engañando, en fin. Nunca me hice tantas preguntas como aquellas, recordadas hoy tan nítidas. Fueron algunos años y mi insistencia en la lectura terca de este autor, con lo que el panorama se fue aclarando, y quizás la madurez que está por llegar, algún día me dará más claridad de esta obra que para mi vida se volvió fundamental, y pueda ser un más de sus sometidos directores de su obra.
He sido lector de Samuel Beckett en la mayor parte de su obra, y a eso se debe mi aprecio, mi admiración y mi apego a la sorprendente obra que no deja de lado ningún escollo de la vida ordinaria de su tiempo. Y sin que nadie resulte ofendido, fue –al lado de Eugene Ionesco- fundador del llamado, por las escuelas del teatro del siglo XX, “Teatro del Absurdo”, con ello descubrieron una verdad nueva y de alto filo. Beckett le enseñó al teatro a desnudar el alma de los personajes, e hizo con ellos lo que alguna vez Faulkner contaba como una receta para escribir una novela: “Reúna a personajes cualquiera y métalos a una tormenta, el resto es la historia”: Beckett abandona a sus personajes en las tormentas humanas más siniestras en las que se ven obligados a descarnar su lenguaje y a ir al fondo de esa angostura de las tormentas, y con ello avanzar hasta los límites imposibles de las condiciones humanas: el resultado absurdo de las cosas, lo irrisorio y cruel, lo sátiro de las cosas que viven como gusanos alimentando la realidad del poder y los desamparados por igual. Veo a Vladimir y Estragón, personajes de Esperando a Godot, en la espera que sintetiza la injusta y absurda espera de todos los hombres que tienen esperanza y sueños. Veo a los personajes preguntarse por el fin de la vida, por su infortunado y absurdo azaroso nacimiento, por los hombres y mujeres que van arrastrando el alma como un trapo viejo por las calles del siglo XX. Veo en esta obra –y especialmente en su teatro, la desgracia de las cosas del mundo, veo la desesperanza tan cierta, el desanimo, la frivolidad desquiciante, el sinsentido de las barajas que tenemos para seguir jugando este juego absurdo de los destinos de nuestro tiempo. Todo eso veo en la obra de Samuel Beckett y me atengo a a mi personal descubrimiento, aunque también advierto el absurdo, como un motor fundamental para que ese tropel de desdichados, sigan por su propia vida con los ojos abiertos y creyendo que el cielo los ampara, y alguien del otro lado de sus pasos los espera. Y aquí precisamente, la paradoja absurda de la vida, la verdadera encrucijada de aquellos a los que nos queda, aunque poca, alguna creencia por la vida y el destino que nos guía. Y me pregunto ¿Qué hacer después de comprender el discurso de Beckett? ¿Quedarnos aquí sentados discurriendo sobre este hombre supo también guardar silencio?  ¿Volver a creer en las culminaciones de los caminos, en los truncos caminos de la historia que somos? Eso no lo sé. Lo que sí me queda claro, es que antes de recobrar el optimismo por la vida, y luego de leer con ahínco desde hace al menos 20 años la obra becketiana, creo que debemos ser muy precavidos para dar el paso siguiente, porque también  me he dado cuenta en la gran interlínea de la obra de del autor de Molloy, que el abismo está cerca y es lo que sin duda, nos espera con los brazos abiertos.

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