Hablar de una figura inmensa de la literatura y el teatro de
occidente, resulta ambicioso, y más si se trata de hacerlo ante lectores de
habla española. Samuel Beckett es sin duda el más filoso y efectivo crítico de
la realidad europea de la postguerra, aunque no debemos creer que su obra sólo
se remita a este vigoroso desastre humano de la mitad del siglo XX. Beckett, es
resultado de la guerra en su modelo de pensamiento, pero su poderosa obra salta
estos límites históricos y desciende a las novedades del pensamiento dramático
de la segunda mitad del siglo pasado. Con esta afirmación, quiero decir también,
que Beckett, no solamente ha sido influyente en la literatura y el teatro, sino
en las nuevas formas que la mirada del hombre del siglo XX ha adquirido. Sin
embargo, específicamente en la literatura, la obra de Beckett se hará conocer
de manera profunda y sintética, como si acudiéramos a mirar un manantial nuevo,
en lo que al pensamiento crítico se refiere, lo los ojos descubrieran un modelo
renovado de pensar.
Vayamos un
poco a referentes de la vida de este autor, que pueden abrir un panorama por
demás atractivo, de la vida del irlandés nacido en Dublín en 1906. Un hombre
destinado a ser un testigo de su tiempo que descubrió la literatura de una
forma sumamente poética. Contaré la anécdota poco conocida de Samuel Becket: En
uno de sus regresos a Dublín, estaba frente al río Liffey y bajo una tormenta.
Ante, esto se quedó inmóvil resistiendo aquella tempestad y aguanto todo el
tiempo hasta que la lluvia y el ventarrón cesaron. Caminó a su casa y comenzó a
escribir Molloy durante toda la
noche. Ese día había descubierto que debía escribir para siempre, que aquella
revelación de la tormenta, le habían dado su destino: escribir
Leí por
primera vez una edición argentina que conservo, Esperando a Godot, en 1982. Desconcertado quise saber cuál era el
tema de aquella extraña obra, y mis herramientas para descifrar el resto de los
componentes de aquella pieza que me había inquietado tanto, correspondían a un
estudiante de teatro de segundo año. No sepe que clase de rayo me había partido
en dos, ni qué clase de estruendo era aquel que ya estaba viviendo en mi
corazón. Con varias lecturas clásicas (Shakespeare, Racine, Molliere, Ibsen,
matherlink, etc.) no podía entender todavía en la segunda lectura aquel aviso.
Qué eras Godot, que pasa con esos dos desdichados que esperaban a alguien o
algo, que hablaban de irse, y no se iban, y con Pozzo y Lucki, que animalesco
evento era aquello que ocurría ante mis ojos. Era una broma, me estaba
engañando, en fin. Nunca me hice tantas preguntas como aquellas, recordadas hoy
tan nítidas. Fueron algunos años y mi insistencia en la lectura terca de este
autor, con lo que el panorama se fue aclarando, y quizás la madurez que está
por llegar, algún día me dará más claridad de esta obra que para mi vida se
volvió fundamental, y pueda ser un más de sus sometidos directores de su obra.
He sido
lector de Samuel Beckett en la mayor parte de su obra, y a eso se debe mi
aprecio, mi admiración y mi apego a la sorprendente obra que no deja de lado
ningún escollo de la vida ordinaria de su tiempo. Y sin que nadie resulte
ofendido, fue –al lado de Eugene Ionesco- fundador del llamado, por las
escuelas del teatro del siglo XX, “Teatro del Absurdo”, con ello descubrieron
una verdad nueva y de alto filo. Beckett le enseñó al teatro a desnudar el alma
de los personajes, e hizo con ellos lo que alguna vez Faulkner contaba como una
receta para escribir una novela: “Reúna a personajes cualquiera y métalos a una
tormenta, el resto es la historia”: Beckett abandona a sus personajes en las
tormentas humanas más siniestras en las que se ven obligados a descarnar su
lenguaje y a ir al fondo de esa angostura de las tormentas, y con ello avanzar
hasta los límites imposibles de las condiciones humanas: el resultado absurdo
de las cosas, lo irrisorio y cruel, lo sátiro de las cosas que viven como
gusanos alimentando la realidad del poder y los desamparados por igual. Veo a
Vladimir y Estragón, personajes de Esperando
a Godot, en la espera que sintetiza la injusta y absurda espera de todos
los hombres que tienen esperanza y sueños. Veo a los personajes preguntarse por
el fin de la vida, por su infortunado y absurdo azaroso nacimiento, por los
hombres y mujeres que van arrastrando el alma como un trapo viejo por las
calles del siglo XX. Veo en esta obra –y especialmente en su teatro, la
desgracia de las cosas del mundo, veo la desesperanza tan cierta, el desanimo,
la frivolidad desquiciante, el sinsentido de las barajas que tenemos para
seguir jugando este juego absurdo de los destinos de nuestro tiempo. Todo eso
veo en la obra de Samuel Beckett y me atengo a a mi personal descubrimiento,
aunque también advierto el absurdo, como un motor fundamental para que ese
tropel de desdichados, sigan por su propia vida con los ojos abiertos y
creyendo que el cielo los ampara, y alguien del otro lado de sus pasos los
espera. Y aquí precisamente, la paradoja absurda de la vida, la verdadera
encrucijada de aquellos a los que nos queda, aunque poca, alguna creencia por
la vida y el destino que nos guía. Y me pregunto ¿Qué hacer después de comprender
el discurso de Beckett? ¿Quedarnos aquí sentados discurriendo sobre este hombre
supo también guardar silencio? ¿Volver a
creer en las culminaciones de los caminos, en los truncos caminos de la
historia que somos? Eso no lo sé. Lo que sí me queda claro, es que antes de
recobrar el optimismo por la vida, y luego de leer con ahínco desde hace al
menos 20 años la obra becketiana, creo que debemos ser muy precavidos para dar
el paso siguiente, porque también me he
dado cuenta en la gran interlínea de la obra de del autor de Molloy, que el abismo está cerca y es lo
que sin duda, nos espera con los brazos abiertos.
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